Hace ya unas semanas que regresamos de nuestro viaje en familia a Tanzania y aún, si encuentro un rato tranquilo, cierro los ojos para recordar esa maravillosa sensación que te invade en el Serengeti.
Nuestro viaje fue un sueño y eso que fue improvisado y lo organizamos precipitadamente, reservando hoteles y vuelos en el último momento. La ayuda de Aitor de Udare en todo ese cierre fue fundamental para decidirnos a viajar allí y el enfoque respetuoso, tanto con las personas como con el entorno natural, nos pareció un plus que otros no nos ofrecían. Por otro lado, a pesar de haber viajado bastante, el hecho de hacerlo esta vez con mis hijos de 8 y 12 años fue uno de mis grandes miedos, que desaparecieron nada más poner un pie en la ciudad de Arusha.

Nuestro periplo comenzó visitando el parque natural de Tarangire, buen sitio para una primera toma de contacto con los animales. La primera vez que ves animales salvajes libres en su entorno te sobrecoge, te quedas como sin aliento. Al menos a mí me ocurrió en un viaje anterior y quería que mi familia experimentara la misma sensación.
Después pusimos rumbo a Ngorongoro, cerca de donde dormimos y celebramos el cumpleaños de nuestra hija mayor que cumplió 13. Desde aquí mil gracias a Udare, por acordarse y encargar una tarta, y al hotel Rothia Valley, cuyos trabajadores organizaron en el comedor una pequeña celebración donde le cantaron y bailaron la famosa canción Jambo Bwuana. Al siguiente día, lo que quedaba de camino a Ngorongoro fue curioso por los distintos tipos de paisaje, a pesar de la espesa niebla que nos impedía ver más allá a medida que nos acercábamos al cráter. Al llegar nos sorprendió muchísimo que hubiera tantos animales diferentes congregados en un mismo espacio. Creo recordar que allí vimos nuestro primer león, monos babuinos, vimos flamencos, ñus y cebras y ¡comimos al lado de la charca de los hipopótamos!
De Ngorongoro viajamos a Serengeti, donde estuvimos 4 días. De camino se pasa muy cerca de la Garganta de Olduvai, lugar en el que se encontraron los restos de los primeros homínidos. Me hubiera encantado parar allí pero decidimos priorizar el safari pensando en los niños. Al llegar, nuestro alojamiento en Serengeti era de ensueño: una gran “tienda familiar”, por llamarlo de alguna manera, ya que era más grande que muchos apartamentos.
Serengeti es increíble pero también puede ser pesado para los pequeños porque requiere de muchas horas dentro del jeep. Por suerte, continuamente aparecían animales debajo de las piedras para animarnos el día y Saidy, nuestro fantástico guía que era como una enciclopedia andante, nos contaba todo lo relativo a la especie en cuestión. En nuestro caso el buen humor ayudó muchísimo ya que nada más llegar equivoqué una jirafa con un tronco y fue la broma general, tanto con mi familia como con el guía y conductor, ambos increíbles y con quienes congeniamos desde el principio.

En Serengeti lo que más nos impresionó, de todas las cosas impresionantes que te regala, fue cuando vimos un leopardo que acababa de cazar un pumba (jabalí) descansando en una rama de un árbol mientras el pobre cerdito ensangrentado colgaba de otra. También, una imagen más amable, encontramos alrededor de veinte crías de león todas juntitas, mientras sus mamás habían salido de caza y su papá hacía de babysitter vigilando a los cachorros desde la lejanía.
La última noche en el parque, el alojamiento nos organizó una cena a la intemperie al lado de una hoguera ¡Al principio nos daba mucho miedo por los animales salvajes! Pero los masáis se quedaron con nosotros, hecho que nos tranquilizó bastante, y fuimos capaces de disfrutar la experiencia, escuchando el sonido de la sabana en la oscuridad y contemplando ese inmenso cielo estrellado que aquí no puede verse.

Además de ver animales, en este viaje no queríamos dejar de lado la oportunidad de que nuestros hijos (y nosotros mismos) conocieran la cultura tanzana y sus gentes. Por eso, cuando terminamos el safari en Serengeti visitamos el pueblo de Mto Wa Mbu (Río de mosquitos en suahili) dando un paseo en bici con un guía local. Joseph, o Pepe como él nos pidió que le llamáramos, nos llevó por los campos de arroz, hablando con las personas que nos encontrábamos y explicándonos el estilo de vida de la zona. Fuimos también al mercado local, donde además de ropa, alimentos y todo tipo de chismes, se realiza la compra-venta de ganado de los masáis.

Quizá la visita cultural más impactante fue la del poblado masái que visitamos en la zona de Monduli. Un poblado muy pequeño y alejado, donde no parecían habituales los turistas, para conocer la realidad de la vida en las tribus. Nada más llegar los niños encantadores nos cogieron de la mano, nos sonreían y miraban atentamente; imagino que para ellos el choque cultural es tan fuerte como para nosotros. Asistimos a la ceremonia donde los hombres sacrificaban una cabra y después compartimos con ellos la comida en una peculiar barbacoa. Allí dimos un paseo en el que nos explicaron las plantas que utilizan para sanar y las mujeres nos enseñaron a hacer adornos con bolitas.

Y para terminar nuestro viaje por el norte de Tanzania, visitamos las faldas del Kilimanjaro, a unas dos horas de Arusha. El verdor, el agua que corre por todas partes, los animalitos como los camaleones que no habíamos visto anteriormente en los parques… todo nos conquistó. Allí visitamos un lugar donde unas mujeres de la tribu autóctona Chaga nos explicaron y ayudaron a elaborar el café en todo su proceso, ya que se cultiva en esta zona.
Y sin quererlo llegó el momento de la despedida, que no fue fácil, tanto de Saidy (guía) y Richard (nuestro conductor), como de este maravilloso lugar en el mundo al que prometimos volver algún día. Una vez terminado el viaje, con perspectiva, puedo decir que esa sobrecogedora sensación de sentirte tan pequeñito ante la gran naturaleza, el pensar que formamos parte de un todo, marca mucho, o al menos a nosotros nos ha hecho mella.
Por Olatz González





